Cuando era niña solía creer en cuentos de hadas, en sueños cumplidos y en príncipes azules. Luego vas creciendo y las desilusiones van derrumbando los castillos en el aire donde habitaban las historias de amor. Descubres que por más arcoiris que sigas nunca hay tras ellos una fortuna y que por más sapos que beses nunca se transforman en el chico de tu vida. Pasa el tiempo... las historias de película yacen atrapadas en al pantalla y sonríes más veces al día por lo que le suceden a los demás que no por lo que te pasa a ti misma. Te resignas a creer que tienes suerte por tener un hombro sobre el que llorar, aunque luego vuelvas siempre sola a casa. Envidias a los privilegiados que son únicos para alguien, que son amados de verdad. Te acuestas en la cama vacía y te despiertas con la única compañía de una mañana fría y lluviosa. Y sólo cuando te das cuenta de que el calor que recibes, no viene de un abrazo sino de las tazas de café, ves que estás solo. Y entonces piensas que ójala volvieras a ser una niña para creer que tu soledad es solo aquel torreón en el que te secuestró una malvada bruja y que pronto vendrá ese príncipe azul a rescatarte.


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No sé a donde se fue el sol ni por donde se marchó. La oscuridad me cubre y el frío comienza a hacer mella en mi ánimo. Por más que guardo silencio, no escucho más allá del viento. No entiendo el porqué, no entiendo el cómo, no te entiendo a ti… ni tampoco a mí.

Supongo que mi imaginación cruzó la línea que había marcado la realidad y fue más allá para pensar que yo era diferente, que yo era distinta, que quizás por esta vez, alguien como tú podía amar a alguien como yo.

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Setirse atrapado es una de las peores sensaciones que uno puede llegar a experimentar.
Estás en una habitación, entre cuatro paredes, con la puerta cerrada y mirando hacia la ventana. Tras ella está el mundo, la libertad... Podrías salir corriendo, claro que podrías; en realidad nadie te lo impide. Pero si salieras, seguramente nada cambiaría tu situación. Sentirse atrapado va más allá de una habitación, de cuatro paredes, de una puerta o de una ventana.
Esas cadenas se cargan allá a donde vayas y son indestructibles: fabricadas con obligaciones, sacrificios y tu propia moral. Si lo destruyes no harías más que destruirte a ti mismo. Y de ahí sale la solución, la llave a las cadenas: de ti... de tu esfuerzo... de tu paciencia... Del tiempo.

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Época de Exámenes

No hace falta que el viento cambie su dirección para sentir que se aproxima un cambio en tu vida. No hace falta que sea un nuevo mes, una nueva semana o un nuevo día. Simplemente que una nueva llama comience a arder en tu interior, que te de calor y energía, que te recuerde que estás viva. Una nueva ilusión, un nuevo horizonte abierto ante ti, un nuevo sol.

Aunque nada haya cambiado, ahora todo es diferente.
Soy feliz.

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Ya no predico en voz alta los estados de mi alma.
Guardo esa fuerza para destruir las barreras que me pone la vida.
He aprendido que siempre es mejor una sonrisa que una lágrima y que siempre se agradece más escuchar que ser oído.
Supongo que esto es lo que llaman "experiencia".

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Igual peco de dejar al margen alguna clasificación, pero me remito a esa jerarquía básica que suele permanecer invisible ante nosotros. En esta vida existen dos clases de personas: las que te quieren y las que no.
Extremos muy opuestos, lo sé... y también sé que en el abismo que los separa acabarán la mayoría de las personas que conocemos en nuestra vida. Personas que intentarán cruzar de un extremo a otro, pero nunca tendrán la suficiente fuerza como para llegar a querernos de verdad. Personas que resbalarán de uno de los extremos y que jamás volverán a subir.