
Estoy harta de la gente.
De la gente que opina sin saber realmente nada.
De la gente que juzga sin ponerse en el lugar del otro (Pero ¡Qué fácil es hablar! ¿No?)
De la gente que crees conocer pero tiene más caras que el dado del “scattergoris”.
Estoy hasta las narices de la bipolaridad que sufre esta sociedad, que parece que la única moneda con la que se compra la amabilidad no sea otra que la conveniencia.
¡Ja! Es que me río de tu falsedad, de tu sonrisa torcida, de tu interés fingido. ¡Ja, ja! Y ¡JA!
Y no creas que no me duele, no; que esto que ves no es sólo rabia acumulada. Es que ya me he cansado de escuchar a la gente, de interesarme, de preocuparme, de intentar ayudar, de pensar siempre en los demás… Para que luego la gente sea así conmigo. Joder, que no pido mucho a cambio. Sólo un trato justo, que no me de la vuelta y me estén poniendo verde sin motivo, juzgándome sin saber, llenándome la espalda de comentarios sin fundamento.
Me encanta, de verdad, me encanta que la gente sólo apunte los fallos (si es que vamos a considerar según que cosas así). No sabía que estuvieran de moda las listas negras. Así puestos dame las gracias por no seguir la moda y no tener una lista de esas porque podría verter ríos de tinta sobre algunos nombres. Y me siento tonta por no tenerla, no te creas. Que de tanto perdonar y olvidar, también se me está olvidando que tengo una dignidad.
Y ¿ahora qué? ¿Qué hago? ¿Dejo pasarlo y hago como si nada? Como siempre… La gente se piensa que puede lanzar piedras contra la ventana sin tener en cuenta que cuando ésta se rompa, los cristales caerán sobre su cabeza.
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